Me llevaron a conocer el
universo. Aparecí de repente ante nubes de gas y galaxias sensualmente ordenadas.
Entré en agujeros negros y sospeché lo relativo del tiempo. Descubrí la ecuación
de la gravedad y me empapé de polvo estelar. Sentí la vida en el aire, en la
tierra y en el mar, y en generaciones del pasado. Y descubrí lo que pasa tras
bambalinas, y me hice sumisa a las interacciones microscópicas. Y conocí la
voracidad de los volcanes, las matemáticas amablemente vestidas de flores y la
geométrica fortaleza de las telarañas. La naturaleza pestañeó y morí. Y una
estrella me dijo vanidosa que el tiempo que se me dio fue una diezmillonésima
parte del que se le dio a ella, y que aún después de colapsar seguirá
brillando, mientras generaciones aquí abajo nacen y se mueren. Y, cual ínfimo y
miserable trozo de materia, necesité muchas vidas para darle una miradita a lo
que es. Los agentes de la electricidad, y las olas de los vientos y de los
mares, y todos los fenómenos que humildes cumplen su labor. Y me sentí estúpida
e inmensamente ignorante. Y todos los sentimientos ególatras y soberbios
llegaron a ser estrujados y echados a la basura. Y no sentí más que la amable y
dulce resignación de quien se asume devoto de la búsqueda perpetua. Y entonces
di por hecho que el mundo inmediato, el de las sociedades, el de los hombres y
sus interacciones es mucho más sencillo... qué equivocación.
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