jueves, 8 de enero de 2015

16 de noviembre

Me llevaron a conocer el universo. Aparecí de repente ante nubes de gas y galaxias sensualmente ordenadas. Entré en agujeros negros y sospeché lo relativo del tiempo. Descubrí la ecuación de la gravedad y me empapé de polvo estelar. Sentí la vida en el aire, en la tierra y en el mar, y en generaciones del pasado. Y descubrí lo que pasa tras bambalinas, y me hice sumisa a las interacciones microscópicas. Y conocí la voracidad de los volcanes, las matemáticas amablemente vestidas de flores y la geométrica fortaleza de las telarañas. La naturaleza pestañeó y morí. Y una estrella me dijo vanidosa que el tiempo que se me dio fue una diezmillonésima parte del que se le dio a ella, y que aún después de colapsar seguirá brillando, mientras generaciones aquí abajo nacen y se mueren. Y, cual ínfimo y miserable trozo de materia, necesité muchas vidas para darle una miradita a lo que es. Los agentes de la electricidad, y las olas de los vientos y de los mares, y todos los fenómenos que humildes cumplen su labor. Y me sentí estúpida e inmensamente ignorante. Y todos los sentimientos ególatras y soberbios llegaron a ser estrujados y echados a la basura. Y no sentí más que la amable y dulce resignación de quien se asume devoto de la búsqueda perpetua. Y entonces di por hecho que el mundo inmediato, el de las sociedades, el de los hombres y sus interacciones es mucho más sencillo... qué equivocación.

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